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Fulbright-Chile
Annual Celebratory Breakfast
Rodrigo Rojas, Fulbrighter 2001
Keynote Speaker
Un
truco de varios oradores es renegar de las presentaciones. Miran
a su anfitrión y hacen gestos como "No exagere, esos
premios, las becas y reconocimientos signifian nada, basta de
aplausos por favor." Sí, es verdad, la falsa modestia
sirve para iniciar un discurso. Y con eso en mente, quiero dirigirme
a ustedes para contarles sobre un escritor en formación
que partió a Nueva York, la ciudad de sus sueños.
En otras palabras, este será un relato, algo desordenado,
de un narcisista que finalmente intuye que más allá
de su ombligo está el mundo.
Recuerdo
cuando me confirmaron la beca Fulbright y me ratificaron que mi
destino sería la Universidad de Nueva York. Me aboqué
a la tarea de peinar todos los libros que cruzaran mi camino buscando
información sobre la ciudad. Comencé por unos versos
escritos durante la gran depresión económica del
29. Hablo del Poeta en Nueva York de García Lorca. Un texto
poblado de bestias que serán llevadas al matadero:
Todos
los días se matan en New York
cuatro millones de patos,
cinco millones de cerdos,
dos mil palomas para el gusto de los agonizantes,
un millón de vacas,
un millón de corderos
y dos millones de gallos que dejan los cielos hechos añicos.
En
ese tiempo Lorca estaba impresionado por las multitudes. Describió
la ciudad enumerando la cantidad de animales que diariamente se
transformaban en comida. Al leer ese poema, nunca imaginé
que 10 días después de mi llegada, los miles de
sacrificados serían seres humanos en ese horno viviente
en el que se transformaron la torres gemelas.
Yo
había venido buscando el centro del mundo. Como aspirante
a poeta quería enfrentar la ciudad con un ánimo
rupturista. Tenía el delirio fantástico de las vanguardias
de situarse en el ombligo del mundo para desestabilizar y desafiar
la sociedad mediante un espíritu irreverente y antiburgués.
Ya habrán adivinado que frente a los graves acontecimientos,
esta busqueda resultó ser pura vanidad..
Estaba
confundido, yo había deseado escribir desde una ciudad
que se situara en el centro del mundo y repentinamente, una mañana
la ciudad se situó atrozmente, no como un centro de atención,
sino como un símbolo de qué
no sé todavía.
Solo recuerdo que luego prendió el miedo, una campaña
del miedo a todo el barrio, la ciudad y pronto al país.
Recuerdo avisos que pedían que los ciudadanos denuncien
paquetes, maletas, personas sospechosas. Un vecino del Líbano
decidió no vestir más su Kefia para evitar insultos
y amenazas en la calle.
Sentí
algo de pudor, yo había romantizado las historias en que
se cruzaba la literatura con los conflictos bélicos. Hemingway
luchando contra el fascismo en España. Los soldados americanos
que liberaron París comprando a manos llenas ejemplares
del Trópico de Capricornio de Henry Miller, censurado en
Estados Unidos. Y aquí estaba yo, que había buscado
ingenuamente la iniciación del poeta en esa ciudad, pero
que frente al dolor, enmudecí.
El
programa académico al cual me integré era muy bueno,
excelentes profesores. La biblioteca invitaba a perderse en ella
por años. Uno de los cursos en el que me inscribí
se reunió el día lunes 10 de septiembre, la noche
anterior al desastre, esa fue mi primera clase con Derek Walcott.
No esperaba que un Premio Nobel de literatura fuese mi profesor
de poesía. Pero esa sorpresa pronto pasó a un tercer
plano. Lo que importaba era lo que estaba sucediendo en la calle.
Dos semanas después, cuando aún respirábamos
en el aire ese olor a metal fundido, y carne y polvo y plástico
quemado. Cuando por el río Hudson ya navegaban las barcas
repletas de escombros, Walcot nos sacó de la sala de clases.
Váyanse, nos dijo, salgan a registrar todo lo que ven,
no importa si no saben como escribir de esto que nos sucede, pero
debe quedar un registro.
Salí
con mi libreta de notas y anoté los mensajes que buscaban
a familiares perdidos. Me senté en una esquina a ver la
gente pasar, tratar de leer sus caras. Fue muy difícil
tratar de recomponer lo sucedido. Todo esfuerzo era en vano
A
continuación leo un extracto de mi libreta de notas:
Ese día
martes 11 vi marchar filas interminables de borregos,
parecían filas de personas bajo la ceniza, grotescamente
ordenadas, largas filas de ánforas funerarias
cruzando el puente de Brooklyn.
Su pelo, su piel fue sembrada con trozos de vidrios y huesos,
con pedazos de conserjes y aspiradoras.
Hoy la policía pastorea
a los peregrinos que vienen a llorar
con su cámara fotográfica a las ruinas.
Nos olvidamos del cero, la zona
cetro, campo báculo,
vara del pastor
Moshe? Ahmed?
Mohamed? Juan?
¿De quién será la rama
víbora del arbusto cero;
sierpe, piedra, fuego, cero, cero?
Recordemos
Para desalojar este panal del bajo Manhattan,
bastó con lamer la escritura
lamer largas lenguas
que retoñan en Pashtún, en Farsi
en los sépalos de la hermosa flor arábiga.
Hoy
he cometido una doble falta ante ustedes. Hablé en primera
persona y hablé de poesía, estoy consciente que
esa mezcla es capaz de dormir a cualquiera. Pero la verdad es
que quería usar este ejemplo solo para señalar que
la beca que recibí me situó en un minuto y lugar
histórico, y lo que aprendí no está en el
diploma que voy a recibir hoy. La lección más valiosa
fue la de conectarnos con la ciudad. Lo mejor que pudo haber sucedido
fue que nos echaran de la sala de clases, nos despojaran de la
protección que dan los laureles de ser Fulbrighter, y enfrentar
una labor más humilde, que conecta la disciplina que uno
cultiva con los problemas reales e inmediatos. Aquí me
voy a detener, no olvidemos que al postular a esta beca justificamos
nuestros proyectos con un compromiso de contribuir a nuestra comunidad.
Yo aprendí que los miles de papers que escribí,
las pruebas, informes de lectura, que toda la exigencia académica
no es tan difícil como lo es cumplir con esa promesa.
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